“¡Qué la fuerza te acompañe!”

          Coraje, energía y determinación. Estos adjetivos podrían definir perfectamente el término “resiliencia”. Según la Real Academia de la LenguaEspañola, resiliencia es “la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”.

          Recientemente, he tenido la oportunidad de asistir a una sesión de formación sobre cómo ser más resiliente en nuestra vida diaria, tanto en el trabajo como en nuestro día a día. Las personas que son resilientes saben perfectamente que, a pesar de sentirse abatidos, no llegarán a caer del todo. Resiliencia supone  no renunciar, no abandonar.

          En esta sesión de formación, organizada por mi colega Richard Wakerell, nos acercamos más a dicho concepto y a las diferentes técnicas que puede desarrollar el ser humano ante situaciones difíciles e incomprensibles que llegan a causarnos estrés. 

          ¿Quiénes son los que desarrollan mayor resiliencia? Los niños, sin lugar a dudas. Es cierto, que cualquier persona puede ser resiliente pero la capacidad de un niño ante los obstáculos es insuperable en comparación con un adulto. Esto no quiere decir que sean ajenos al dolor. Sin embargo, confían en los adultos por encima de todo. Según Grotberg (1995), en el repertorio de frases de un niño resiliente se podrán encontrar las siguientes frases: “Yo puedo”; “Yo soy”; “Yo tengo” y “estoy”.

          ¿Por qué es bueno desarrollar la resilencia? Porque todos, en cualquier momento de nuestra vida, hemos desarrollo un trauma, una situación de estrés que no hemos sabido gestionarla porque nuestro sistema no nos lo ha permitido o no hemos contado con los recursos necesarios. Aprender a desarrollar la resiliencia es de vital importancia. Si volviéramos la vista atrás, probablemente diríamos que ahora seríamos más resilientes que hace diez años. Estudios, trabajo, pérdidas, broncas, obstáculos…todo esto van poniendo a límite nuestra capacidad de aguante. Hay personas que tienen una mayor capacidad de afrontar los problemas de frente mientras que otras necesitan más tiempo y no disponen de tantos recursos para comunicarse con los demás o simplemente no saben vislumbrar los obstáculos a larga distancia. Igualmente, nunca fue fácil hablar de las emociones y sentimientos. Uno de los grandes problemas de este mundo es la imposibilidad de manifestar nuestros sentimientos y emociones a los demás. Sobre todo, en aquellas culturas donde se tiende a ocultar los sentimientos. 

         Necesitamos ser resilientes porque toda nuestra vida está basada en un proceso de negociación con los otros: padres, hermanos, amigos, compañeros de trabajo, comprar en una tienda….Uno de los pilares básicos para ser personas con capacidad de resiliencia es ejercer una buena comunicación y el deseo de mostrar afecto y cariño, tanto hacia los demás como sentirnos queridos por otros. Cuando surgen las peleas con amigos, una de las preguntas que nos vienen es: “¿Seguimos siendo amigos?” Si la respuesta es no, iremos dejando en nuestro camino a muchas personas por no saber afrontar dicha situación. Somos los que somos debido a nuestra familia, amigos, y demás personas que nos rodean. De ahí, la importancia de ir cambiando nuestros razonamientos negativos a positivos para no llegar a situaciones límites que perjudiquen nuestra salud mental y física.

         Dolor de cabeza, apretar la mandíbula, impaciencia, agresividad, rigidez de hombros o alta presión arterial son algunos de los síntomas que nos indican que nuestro cuerpo está viviendo una situación de estrés. Lo que puede ser estrés para una persona no tiene porqué ser lo mismo para otra. No todo nos afecta de la misma manera. Estos signos de estrés se traducen en un alto absentismo laboral, largas horas de trabajo sin coger las correspondientes vacaciones o desmotivación en el entorno laboral y las posteriores consecuencias en la familia.

          Para empezar a tener un estilo de vida resiliente, debemos cambiar nuestros comportamientos y actitudes. Es necesario decir “basta” y contemplarnos a nosotros mismos. ¿Cómo somos? ¿Cómo es nuestra calidad de vida: en casa, en el trabajo, relaciones con los demás…? ¿Qué me preocupa? ¿Qué me irrita? Para ello, nuestro formador, Richard, nos propone cinco puntos básicos:

  1. Conectar con la gente que nos rodea y aquello que nos rodea
  2. Explorar cosas nuevas y que nos llenen
  3. Descubrir alguna actividad nueva
  4. Ser curiosos en el mundo en que vivimos
  5. Compartir con los demás y ser agradecidos

          Empecemos a invertir más tiempo en nuestras relaciones sociales, pedir ayuda cuando estemos en apuro sin sentir por ello debilidad. Somos humanos, no superhéroes y necesitamos ser ayudados y ayudar. Con nosotros mismos, tenemos la difícil tarea de perdonarnos: si fallamos no podemos ser tan autocríticos. Hay que buscar vías para conducir nuestros pensamientos negativos hacia positivos y aceptar que hemos fallado y buscar una solución. Cuando hacemos algo que nos gusta, nuestra autoestima aumenta. Por tanto, seamos capaces de enriquecernos con lo que nos alimenta, desde un paseo hasta una charla con un amigo. Por último, debemos reconocer nuestros límites y establecer prioridades así como objetivos, qué debemos anteponer ante los demás: familia, amigos, trabajo, situaciones personales…

          Cuando el ser humano tiende a rechazar situaciones diarias, negar, lo único que provoca es estar aislado y empieza a desarrollar más estrés y rabia, tanto con uno mismo como con los demás. No podemos negar lo que pasó ni mentirnos a nosotros mismos. Lo único que hacemos con esto es bloquear nuestras palabras y en consecuencia, nuestros sentimientos y emociones.